El Atlético de Madrid no solo se enfrentaba a su eterno rival, sino también a su propia historia. Y la historia decía que, cuando se cruzan en la Champions League, el final siempre es el mismo. Pero si había un día para cambiar el guion, era este. Porque no hay mejor escenario para tumbar al Real Madrid en Champions que marcarle en el segundo 30. Y porque este Madrid, sin dejar de ser el Real Madrid, está en un período de entreguerras, con demasiadas piezas aún en fase de ajuste. El Atleti tenía la oportunidad de lanzarse al cuello de su némesis.
Y, en cierto modo, lo hizo. Pero no como yo, al menos, le reclamaba. Generó situaciones, sí, pero no hizo que el Madrid sintiera el terror que, creo, podría haberle generado. Diego Pablo Simeone optó, una vez más, por refugiarse cerca de Jan Oblak. Su equipo juntó líneas, redujo los espacios al mínimo y logró que el Madrid no impusiera su talento ofensivo. Los blancos no hallaron la manera de meterles mano. Mientras tanto, el Atlético sí encontraba caminos. Sobre todo en la primera parte, daba la impresión de que le bastaba con poco para presentarse en las inmediaciones del área de Thibaut Courtois. Pero quedó la sensación de que podía ir un paso más allá. De que, si se lo hubiera propuesto, el Madrid habría tenido que sobrevivir a un partido distinto, más incómodo, más asfixiante. Uno en el que el Atleti juntara pases, empujara a su rival contra su portería y le sometiera a algún tramo de agobio continuado. Eso, sin embargo, nunca llegó.
Y ahí, en ese contexto de robo y salida rápida, lucieron Rodrigo De Paul, Pablo Barrios y Antoine Griezmann, que manejaron el juego con criterio, y un Julián Álvarez que fue un tormento. Cada vez que arrancaba, hacía saltar las alarmas.
Por su parte, el Real Madrid, sin la inspiración de sus mejores hombres, no encontraba el modo de girar y desbordar al Atlético. Le faltó una pequeña marcha más con balón, más movimiento por delante de este y mayor actividad tras la pérdida. Sin esos tres ingredientes, que apenas tuvo (aunque en la segunda parte se activó más después de perderla), romper un bloque tan bien armado es casi imposible.
Pero lo que más le faltó (y le falta) fue química. Esa conexión natural entre jugadores que permite que, sin mirarse, se entiendan. Al descanso, comentaba que, salvo Rodrygo Goes y Luka Modrić, nadie buscaba una pared. No hay sociedades que se intuyan, no hay relaciones que fluyan con naturalidad. Y el Real Madrid, hasta hace no tanto, en eso iba sobrado. Se habla mucho de la falta de un gestor de juego, y es verdad que lo necesita como el comer (por eso Dani Ceballos le estaba viniendo tan bien), pero quizá lo más importante sea que le faltan relaciones sobre el verde.
En la prórroga, el escenario cambió. Con Eduardo Camavinga ya en el campo, el Real Madrid encontró otra marcha, y Fede Valverde y Jude Bellingham parecían tener piernas para jugar otro partido más. Los de Carlo Ancelotti fueron mejores. El Atleti todavía tenía sus salidas, con Julián Álvarez multiplicándose, pero los cambios de De Paul y Griezmann lo desarmaron. Perdió pausa, perdió claridad y le sobró precipitación.
Y los penaltis, pues lo de siempre. Que le toque a Julián dos veces en el pie. Que Oblak intuya el lanzamiento de Antonio Rüdiger pero dude en el último instante y no la pueda parar… El Real Madrid y la Copa de Europa, capítulo 1000.
Manuel Rodríguez Rosales (Pontevedra, 2001) es estudiante de Turismo. Apasionado del fútbol y siempre tratando de entender los porqués.