No sé ni por dónde empezar a escribir esto. A veces el fútbol puede ser terriblemente cruel, y ayer lo fue. Fue una noche durísima. Costó conciliar el sueño. La cabeza no dejaba de volver al palo de Lamine Yamal con el 2-3 y al empate de Francesco Acerbi en el último suspiro. Cuesta entender cómo se puede defender así una acción en el noventa y tres. Pero incluso en medio de todo eso, lo de ayer fue un día para sentirse orgullosos. Sé que hoy es difícil no sentir otra cosa que no sea dolor, pero el culé, principalmente, debe estar orgulloso.
Porque el equipo estaba muerto. No era una sensación, era una realidad. Con el 2-0, no había señales de vida. Yo, que en la ida había confiado, anoche lo veía imposible. Pero el fútbol tiene esas cosas. Cuando crees que no queda nada, a veces te lo devuelve todo. Gerard Martín, de los más discutidos hasta ese momento, se disfrazó por un instante de Trent Alexander-Arnold y, con dos centros geniales, nos devolvió a la vida.
De pronto, el Inter, que ya no había reaccionado nada bien al primero, empezó a deshacerse por completo. No estábamos del todo finos, eso se notaba. El ritmo de circulación no era el de tantos otros días esta temporada. Pero mientras ellos se hundían, nosotros, aunque lejos del mejor nivel, teníamos al Frenkie de Jong que soñamos, a un Eric García impecable y a Pau Cubarsí e Iñigo Martínez muy serios. Y luego estaban Pedri y, sobre todo, Lamine. Que haya quien dude de que Lamine es el mejor del mundo ahora mismo es para hacérselo mirar. Él nos marcaba el camino.
Y llegó el gol. Raphinha, que estaba firmando un partido horroroso, volvió a salir en la foto, como tantas veces esta temporada. Parecía que lo teníamos. Pero entonces… entonces el fútbol y Ronald Araújo decidieron otra cosa. Que el Barça no estaría en la final.
No me gusta señalar. No es mi estilo. Pero lo de Araújo fue muy grave. Vale que Gerard quizá no está del todo contundente, que parece falta, pero te remata Acerbi. ¡Acerbi! Minuto noventa y tres y te gana la posición Acerbi. Y luego, en el gol que les da la victoria, es inexplicable el error de concepto. Más aún contra un tipo como Marcus Thuram, que estaba fundido. No puedes regalarle así la línea de fondo. Son errores imperdonables a este nivel. Y lo peor es que muchos lo veíamos venir. Cuando salió Araújo, lo juro, mi hermano y yo nos llevamos las manos a la cabeza. Habrá quien mire hacia otro lado, pero para mí esta eliminación pasa en gran parte por él.
Lo de anoche fue de los golpes más duros que hemos vivido muchos culés. Anfield, Roma o Lisboa dolían, pero eran derrotas que, en el fondo, entendíamos. Sabíamos que no nos daba. Ayer no. Ayer sí estábamos. Ayer podíamos. Y por eso duele tanto.
No os creáis eso de que el fútbol siempre da revancha. La Copa de Europa es una bestia caprichosa. Haber estado cerca esta vez no significa que vayas a volver. El año que viene eso no importará. Lo único que de verdad importará es que Frenkie, Cubarsí y, sobre todo, Pedri y Lamine sigan aquí. Y mientras ellos estén, si el club los cuida y los rodea con un mínimo de inteligencia, volveremos a estar ahí. Lo normal es que el de Tegueste y el crío este, como mínimo, te garanticen unas semifinales con frecuencia. El reto ahora es construir a su alrededor. Hay que estar a la altura de su talento.
Este grupo de jugadores, liderado por Lamine y Pedri, con la inestimable colaboración de don Hansi Flick, bien merecía estar en Múnich. Muchas gracias por habernos hecho volver a soñar. Muchas gracias por habernos hecho volver a sentir.
¡Esto sí es el Barça! Volveremos. Estoy convencido.
Manuel Rodríguez Rosales (Pontevedra, 2001) es estudiante de Turismo. Apasionado del fútbol y siempre tratando de entender los porqués.